horizonte aquí [compartí el mal]

retumban. horizonte aquí,
dónde siempre estuve

tambores de telas de araña y piel
tambores de cáscaras de huevo

retumban con el viento.

y en el hueco de uno de ellos
quise dejar guardado un objeto mortal que siempre fue mío
horizonte aquí.

este objeto ocupaba mi espacio pero ahora
late con el tambor y el viento, como si nunca me hubiera pertenecido.

dæmigerður álverið á Íslandi [compartí el mal]

mi vecino islandés y viejo
acompañó al ascensor a su vieja amiga islandesa,
aún más extranjera.

sus veinte intercambios fueron de acento marcado,
sobre el frío
y aquel matrimonio cuyo contacto visual
se quedó dormido.

apartando mi presencia, llegaron a decir
que aquel matrimonio se puso como un Alzheimer.

pero sin testigos implicados, sin enfermeros,
sin juegos de aprendizaje, sin peligro esencial.

un dejar pasar al estilo de una planta típica de Islandia
que es capaz de ignorar el caos.

goyos [compartí el mal]

Iban a ser las cinco de la madrugada, cerquita de la luz
de las seis,

querías hacer nonones y te habías puesto tu jersey y
tu pantalón favoritos,

y saliste un momento al lavabo comunitario con tu pijama favorito
(pantalón y jersey).

Nos empaquetamos así, con dos de nuestros cinco pijamas compartidos
-no íbamos a vestir otra cosa-

y tú te ibas a quedar pegada en mi brazo, haciendo goyo-goyo-goyo
hasta dormirte.

Nos empaquetamos en servicio urgente, barato y extraviado,
sin la hora aproximada de las seis de la mañana
sin la luz que iba a acontecer en otro mundo.

compañía de teléfonos [compartí el mal]

hay una nueva compañía de teléfonos
ha lanzado un número ilimitado de móviles
y han empezado a encontrarse por la calle
brillando, vibrando,
cambiando ligeramente de lugar.

son móviles en forma de objetos reales:
pañuelos usados, pinturas al óleo o pulmones vivos.
nunca dirías que son móviles.
pero en la cabeza dejan vibrando algún que otro mensaje
abreviado en forma física.

así que ahora [compartí el mal]

creía que solo era cuestión de una gorra
porque el día que me la puse,
empecé a distensionarme de otra manera,

me la vuelvo a poner y sin embargo
no vuelve a mi frente aquella penumbra.

así que ahora
con la máquina lista para afeitarme
sombras, penumbras
y dejar solo el color negro de mi cráneo.

de una vez [compartí el mal]

la amargura,
la negrura,
la acidez,
las arrugas en las mejillas tiesas
de hastío
de maldecirse de mala manera,
de arrepentirse de una vez

de no haber salido de dónde uno no pertenecía
de no haber vuelto al lugar de nacimiento;
auténtico nacimiento en un instante de elección
entre los cero y los cien años.

con la cabeza gacha [compartí el mal]

esperaba el silencio
para poder
escuchar la ténue voz de un sueño
esperaba el silencio

igual que el mendigo frente a la iglesia,
arrodillado sobre la escalera de la calle,
esperaba con la cabeza gacha y sus manos juntas
la ténue voz de una moneda

sin creer demasiado en algo.

pensé que en los siguientes cuatro segundos
la lluvia sería la única
cosa en caer sobre sus palmas.

pero un transeúnte dejó un euro
de Dinamarca
formando un círculo entre las líneas de su futuro
(nada que ver con mis líneas)

el anzuelo [compartí el mal]

no había migas de pan
con las que hacer una pequeña bola
y sacarme la espina de la garganta.

ahí estuvo toda la noche.
me dejó dormir.
me dejó descansar.

y me desperté.
pero no fue por la espina.

me desperté y supuse
que aquella sardina que me había comido
también habría dormido en algún momento.

y ahora su espina
era lo único que quedaba en el mundo
para dejar huella
para resistirse a desaparecer.

ahí me vino otra vez el sueño,
con un anzuelo lejano acercándose a mis labios.

sub [compartí el mal]

Gotas de lluvia por los ríos de nuestro cuerpo unido.

Círculos.

Con rupturas de otros círculos acuáticos.

Y besos.

La perspectiva submarina de tu boca.

Y tus ojos no dejan de mirar.

Tus ojos se resisten.

una red de músculos desgajados [compartí el mal]

en la cima del tubogán.
mis brazos en cruz.
mi columna curvada hacia atrás.

y algo de viento y coincidencia.

mi mandíbula hacia adelante
se estampa
sobre el tubogán.

y descubro un río de sangre
sobre el que resbalo
como un pescado atrapado en el pesquero.

y en la base del tubogán
mi mandíbula caída engulle
una red de músculos desgajados

con su rastro desde la cima de lo que fui.

y ahora que mi garganta
traga esa red de músculos

el rastro desaparece.
el tubogán desaparece.
el viento, el dolor.

ahora que ha vuelto
mi latido a su lugar interior.

inofensivas e indefensas / mis palabras [compartí el mal]

una manada de caballos desbocados
70 caballos desbocados
galopes, golpes desbocados

sobre mi boca mortal.

allá ellos [compartí el mal]

allá ellos, los benditos vecinos
que mantienen sus luces encendidas en la noche urbana
y sus luces nos traspasan los párpados

y no nos dejan rendirnos a la deriva
a los orogramas del sueño,
olas de fantasías, a setenta kilómetros bajo la tormenta a mar abierto,
la tormenta y sus animales.

benditos vecinos
que mantienen sus voces ladrando
como manadas de espectadores emperrados
en mantenerse despiertos
en hacer ver que son independientes
de su microondas de arquetipos,
máquina patética que chamusca su cruda realidad.

vecinos benditos
que mantienen su existencia
que no gritan en pesadillas
que no se caen de sus camas
con el peso de sus almohadas ergonómicas

que no pegan portazos para huír de sus miedos
porque ese miedo está reprimido
entre las verjas de sus chistes, sosos, sosos,
entre la recreación de tópicos diseñados
para quedarse anestesiados en su banalidad ordinaria,
diez, nueve, ocho, siete...

pero el ordenador dice
que apenas son las once de la noche

a deshora, nosotros somos los que nos hemos despertado
y ellos los adormilados, a la hora que toca,

y nuestra cabeza ya está despejada,
lista para el insomnio que se va acercando
como el huracán se acerca con su pincel
a los cristales de una ciudad.

allá ellos,
vecinos benditos que se duermen
sin que que se sientan empujados a nada,
sin que sientan para nada
una pérdida de consciencia,

una noche,

la locura.

prensa rosa [compartí el mal]

como nunca antes
había hablado.

Ángel Castillo.
La respuesta
dura y
contundente.

consecuencia de todo lo que soy [compartí el mal]

soy inmensamente parecido a un cachorro que clama piedad
para no ser devorado por su padre.

yo mismo soy padre e hijo.

como padre me devoro en absoluta verdad,
en fanático incondicional de un hecho:
todo lo que quiero es consecuencia de todo lo que soy.

como hijo imploro compasión.
patético, miserable, condenado.

aunque cada día lucho para observar detalles diferentes
para tener pequeñísimos deseos
que me modulen ligeramente al principio,
totalmente después,

para que esos breves detalles acaben transformando
mis deseos más profundos y decisivos

como si al desear que se desborde el agua de una maceta
pudiera llegar a desear
las cataratas del fin del mundo.

orquestrada [compartí el mal]

mis costillas eran las teclas negras
y mis hendiduras eran las teclas blancas
bajo tus dos manos,

tus piernas percutían arrastrándose
en golpes largos
percutían entre mis huesos,

nuestros dedos sueltos eran flautas sueltas,
amontonadas en el desván
madera sobre madera, metal sobre metal
con uno o dos huecos en proceso de fuga de aire,

tu espalda era el arpa sobre mí
apenas apoyada desde su peso,
y movimientos circulares explorando la alta frecuencia,

nuestros gritos incorpóreos
se cruzaron, se ataron en el aire y
se desataron
para repercutir contra nuestros labios abiertos,
cerca de las arrugas recién despiertas,
nuestros gritos incorpóreos

se siguen cruzando, como dos silencios, en la misma vía, en dirección contraria:

no podemos morir en este accidente.

camino de vida [aguantar el sueño]

ya se han acumulado las sonrisas
y hasta el último gesto de esfuerzo está esculpido
a lo largo de tu cara

entre la profundidad de las arrugas
das a luz tu hueso de melocotón
color de tus viejos ojos de bebé

ya se han quedado tu piel blanda y tu pulpa seca
en el corazón del cerebro, corazón de semillas, tierra de frutos rotos
ya se hunden en recuerdos podridos, ilusiones de dulzura inocente

tus dedos en la cabeza revuelven el cráneo de esos recuerdos podridos
y dan a luz el olor de tus cabellos viejos, soltándose como lágrimas del tiempo
olor fuerte, irresistible

ya no se puede decir que andes, ya no se puede decir que flotes,
ya no necesitas temer el rompeolas de la muerte,
rompeolas que recorre la orilla de un río interminable como el mar.

después de miles de millones de años luz y años oscuridad,
el universo nocturno y diurno que todos compartimos ha dejado de expandirse.

y la zarpa de un oso te saca de la última ola que llega
y te entierra en la sepultura eterna de su estómago.
entre sus jugos gástricos te disolverás con el alimento.