no había migas de pan
con las que hacer una pequeña bola
y sacarme la espina de la garganta.
ahí estuvo toda la noche.
me dejó dormir.
me dejó descansar.
y me desperté.
pero no fue por la espina.
me desperté y supuse
que aquella sardina que me había comido
también habría dormido en algún momento.
y ahora su espina
era lo único que quedaba en el mundo
para dejar huella
para resistirse a desaparecer.
ahí me vino otra vez el sueño,
con un anzuelo lejano acercándose a mis labios.

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