allá ellos, los benditos vecinos
que mantienen sus luces encendidas en la noche urbana
y sus luces nos traspasan los párpados
y no nos dejan rendirnos a la deriva
a los orogramas del sueño,
olas de fantasías, a setenta kilómetros bajo la tormenta a mar abierto,
la tormenta y sus animales.
benditos vecinos
que mantienen sus voces ladrando
como manadas de espectadores emperrados
en mantenerse despiertos
en hacer ver que son independientes
de su microondas de arquetipos,
máquina patética que chamusca su cruda realidad.
vecinos benditos
que mantienen su existencia
que no gritan en pesadillas
que no se caen de sus camas
con el peso de sus almohadas ergonómicas
que no pegan portazos para huír de sus miedos
porque ese miedo está reprimido
entre las verjas de sus chistes, sosos, sosos,
entre la recreación de tópicos diseñados
para quedarse anestesiados en su banalidad ordinaria,
diez, nueve, ocho, siete...
pero el ordenador dice
que apenas son las once de la noche
a deshora, nosotros somos los que nos hemos despertado
y ellos los adormilados, a la hora que toca,
y nuestra cabeza ya está despejada,
lista para el insomnio que se va acercando
como el huracán se acerca con su pincel
a los cristales de una ciudad.
allá ellos,
vecinos benditos que se duermen
sin que que se sientan empujados a nada,
sin que sientan para nada
una pérdida de consciencia,
una noche,
la locura.

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