orquestrada [compartí el mal]

mis costillas eran las teclas negras
y mis hendiduras eran las teclas blancas
bajo tus dos manos,

tus piernas percutían arrastrándose
en golpes largos
percutían entre mis huesos,

nuestros dedos sueltos eran flautas sueltas,
amontonadas en el desván
madera sobre madera, metal sobre metal
con uno o dos huecos en proceso de fuga de aire,

tu espalda era el arpa sobre mí
apenas apoyada desde su peso,
y movimientos circulares explorando la alta frecuencia,

nuestros gritos incorpóreos
se cruzaron, se ataron en el aire y
se desataron
para repercutir contra nuestros labios abiertos,
cerca de las arrugas recién despiertas,
nuestros gritos incorpóreos

se siguen cruzando, como dos silencios, en la misma vía, en dirección contraria:

no podemos morir en este accidente.

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