(sin título) [cualquier otro habría hecho lo mismo]


La cafeína llega tarde

y alarga las horas que no debe
igual que una lluvia mal puesta
en la noche más oscura
sólo las gotas de lluvia y
sus golpes de piano sobre la alfrombra de su piel,
en el remojo de la luz sólida y transparente.

La cafeína llega tarde
y se desparrama pegajosa en la acera
hasta las rendijas de una alcantarilla
y dos o tres ratas superan en número
a un viajero que espera el metro,
escucha silencioso el sonido de los roedores
husmeando en la papelera,
en la lata de cafeína que se había desparramado
unos pisos más arriba, en la vida,
y los ojos del viajero quedan enratados
ante un cartel de publicidad
más grande que su esperanza.

Él por ahora se conforma con dejar de sentir su estómago
y se pone a imaginar que el camino es una jaula
y lo imagina para poder imaginar que puede escapar
aunque sepa ya y sienta ya el dolor de volver al crudo andén,
a las ratas, a la oscuridad de las luces eléctricas,
a la lluvia que se cuela susurrante en el profundo lienzo del túnel.

No sabe si mañana tendrá que darle la mano o dos besos
o si tendrá el valor o se cargará de remordimiento
sorbiendo con fuerza la conciencia,
como la rata en la lata de cafeína,
o si se será capaz de lanzar un amanecer en el mundo de alguien más,
de arrastrar el metro fuera del túnel y hacerlo flotar
justo encima de las cosquillas de la tormenta
o no sabe si mañana tendrá la constancia de seguir
con ganas
o si sus ojos negros conocerán otras manos y otras espaldas
y otras miradas sin la ayuda de la cafeína.

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