El tiempo hacia atrás
en el inicio de la Tierra Baldía,
la humedad agarrándose donde puede
para no irse.
Cierra la ventana
pero los mosquitos y los bichos
ya han atravesado las cataratas de la Meridiana.
Wagner suena en la Tierra Baldía
y un mosquito se acerca a la piel hidratada
pero son dos dedos de Bailey’s
los que aguantan al poema.
La duda invade a la víctima
y finalmente se apoya en la copa.
El lector deja el libro abierto,
boca abajo, con cuidado para no perder el punto,
y agarra la copa con cuidado.
La otra mano se prepara, quieta, pensando,
en la posibilidad
de romper el vaso, de sangrar un domingo por la tarde,
con la sala de espera del hospital
llena de gente enferma por querer liberarse del lunes,
y el poco tiempo que queda para seguir leyendo.
El mosquito muere. Sólo él sangra, sobre la madera
donde antes estaban las manos que sostenían la Tierra Baldía
donde antes parecía suceder un final de semana más.
Ahora el sonido sigue.
Ahora el mosquito sigue volando entre el pañuelo en la papelera.
Y ahora la Meridiana se parte en un brevísimo terremoto
surgido de entre las placas tectónicas del silencio.
¿Lo escucha, señor Anderson? ¿Y ahora qué ruido es ese?
¿Qué hace el viento?
Nada, otra vez nada. Es el sonido de lo inevitable.
El tipo se pone a escribir justo antes de caer muerto
de sueño
sin demasiada fortuna

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