fuera de la humanidad [cualquier otro habría hecho lo mismo]


La luna aparece en la mitad del cielo
como aquella galleta debajo del sofá:
llena de pelos, de nubes
de color robado por el paso de la oscuridad
sobre sus letras
el mordisco viejo de mi hambre que un día
se me escapó de las manos.

Las nubes rozan las cimas del valle
igual que sus dedos fugaces
acariciaron las primeras cimas de mi soledad.

El viento ruge sobre las cimas
como la predicción secreta de una piedra tallada
hace tres días…
decía algo sobre dentro de diez mil años
y me recordó a otra vida
en la que ya fui brujo.

Pero el viento sopló con serena seguridad
-a diferencia de algunos sueñosenvolvió
en su pañuelo de seda
mis pies heridos
que decidieron abandonarme
por aquel viento que hacía mil trucos de magia.

Lo entendí:
yo nada tenía que hacer comparado con el viento.

Los tornillos de mis sienes nunca llegué a clavarlos del todo
y el huracán lanzaba pequeñas bromas
sobre mi locura
y no me las creí,
pensando que sólo la realidad
podría hacerme cambiar.

Los árboles del valle eran como las teclas del piano
en una escala avasalladora
un susurro que ensordecía la falsa valentía
de creer que cinco colmenas por metro cuadrado
construyen la convivencia.

Los árboles del valle eran como el arpegio de una guitarra
y mi cabeza hipnotizada sólo podía seguir el vaivén:
hay momentos en la vida
en que eres un árbol y justo eso y nada más.
¿o quizá jamás no seremos otra cosa?

Las ráfagas de viento son demasiado hermosas
como para no querer suicidarse
por subirse a una de ellas
y sentir algo realmente veloz…

Pero los miedos me hacen bajar la mirada a la tierra
dónde un saltamontes hace más
que toda la humanidad en su vida.

Veo la lluvia rota en mi piel.
Apenas quiere caer.
Apenas el valle quiere sentir la noche.
Apenas las nubes quieren quedarse.
Caras de algunos de mis recuerdos,
tetas, perros, cafés, emblemas de infancia,
mordiscos a carne quemada,
olores alrededor del cementerio,
el agua en todas partes mientras vivamos,
veo la lluvia rota en mi piel.

Y parece como si el valle abriera sus pechos
al imperio de las nubes negras
y parece como si todos los animales huyeran de la lluvia
y la ironía de aquello a lo que tienes miedo
es escapar y que luego te salve la vida…
todos los colores del verde y el negro
son el público fiel
del génesis.

Los troncos erguidos con la elegancia
del hombre que sacrifica su vida por un ideal
-con el miedo siempre bajo sus venas-
Los ramas ondean el mar de la vida en el valle
y las olas vuelan entre la lluvia
y la lluvia se rompe entre el viento
en miles de recuerdos
en miles de proyectos para el futuro
en miles de caminos en el laberinto del destino
que sólo existe bajo el régimen del terror.

Cuando veo que las ramas se alzan
no puedo evitar alzar los brazos:
no hay otro momento en que sienta tan cerca la tormenta,
el relámpago que devasta todo lo que destruimos,
la calma y la paciencia que quedó mutilada
cuando olvidamos el mar,
cuando olvidamos las consecuencias.

Todo el peso de la lluvia
descansa en cada neurona de nuestra alma.
Todo el peso de la lluvia
descansa en los cementerios
en los úteros

en los cuentos de fábula
en las mentiras que de tanto decirse
abracadabra
se hacen posibles
en las mentiras que de tanto hacerse
abracadabra
destruyen lo demás...

¿Has escuchado alguna vez el sonido del viento?
¿Has escuchado alguno tanto
que te has quedado agotado?
¿Has escuchado alguna vez el sonido de la injusticia?
¿Has escuchado alguno tanto
que te has quedado agotado?

Nada de esto tendría sentido
si un día no hubiera decidido
abandonar el valle
y seguir el camino y su desvío
con los otros viajeros de este mundo
maravilloso en apocalipsis
y renacimiento.

Nada de esto tendría sentido
si un día no hubiera decidido
volver a la cruda realidad
y, a pesar del dolor de ser humano,
hacer
y
amarte.

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