Hay un hipopótamo en mi muslo izquierdo
y siento como absorbe el agua de mis
entrañas.
Salta
y mi pierna avanza un paso de baile
y me hace mover la cadera como si fuera un
karateka.
Tengo un hipopótamo con disociación mental:
a veces cree estar en el Mar Rojo
y otras que que recorre el tubogán de las
galaxias.
Me dice que busque harina, que busque
harina.
Que dice ahora que se cree que es mi muslo
izquierdo
y que quiere ser el muslo más grande de
Kentucky Fried Chicken.
No paro de salir de la ciudad, a porrazos,
a base de arrastraciones
en el asfalto caliente pero áspero como una
sábana recién lavada
sin suavizante.
Veo al fondo del horizonte, justo donde
termina el día,
la noche, tu mirada y una buena borrachera,
veo al fondo un campo de trigo dorado y
verde.
La sed me empuja
como un carcelero racista empuja
a un negro por las escaleras.
Nunca he sentido algo parecido, pero lo
siento ahora.
Me dejo caer sobre un ramo de semillas
tiesas, erguidas, pegajosas.
Y hago el ángel para arrancar las raíces
que ablandan mi cuerpo.
Lanzo las espigas al aire y nieva
cocaína,
leche en polvo para bebés,
nieve artifical para el árbol de Navidad,
pintura seca,
caspa,
nieve y pedradas frías,
y harina.
Y el hipopótamo en mi muslo se reboza
como las pinzas de un cangrejo en la arena
de la playa.
Empiezo a preocuparme, mi corazón dice algo
pero habla en chino
y en un inglés de Escocia, y no lo
entiendo.
El sol se presenta como una bombilla de
bajo de consumo,
bota como una pelota de ping-pong y
atraviesa mi muslo y lo fríe.
Queda ahí una masa acumulada de algo
hirviendo
y recuerdo un día que se me acercó una
paloma
y sentí un fuego inmenso en cada centímetro
cuadrado de mi piel
y prendí tan fácilmente como el fuego que
nace de una vieja carta de papel.

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