Esta tarde he recogido conchas en la playa.
Antes de desenterrarlas, no parecían rotas.
Mis pies se han hundido en la arena fría y
densa.
Y mis manos han volado lejos hasta el
horizonte afilado.
Ayer dibujé el dibujo más grande de mi
infancia sobre todas las pieles.
Mis uñas son migas en el camino para el
niño que se esconde en los espejos.
En la cima alcancé a escuchar las caricias
que me saludaron en secreto.
Y los gritos de las lágrimas que me dijeron
adiós.
En la cueva de tantos labios hundí mi
miseria y mi gloria.
Mis labios fueron la cueva de tanto deseo y
de tanta muerte.
No puedo salir de la piel en la que nací.
No puedo desencadenarme de los huesos en
los que crecí.
Esta tarde he cogido a los que no me amaron
e intenté no amar.
Y los que me amaron y no pude amar. Casi lo
consigo.
Y de las manos los lancé a las estrellas
como águilas criadas en cautividad:
vuelan y brillan sin sentirme.
Esta noche he recogido los truenos de una
tormenta llena de compasión.
No necesito escuchar más.

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