Le besé con los ojos.
Le abracé con el labio
bebiendo.
Sus manos perseguían
lo invisible lejano.
Me habló de sueños cojos.
Me vio con su astrolabio
durmiendo.
Las crostas reabrían
su sangriento verano.
Una y otra vez
otra herida brota
bebiendo
la saliva que baila
sobre la voluntad.
Y mientras nada el pez
con la espina rota
durmiendo,
escupe la bengala:
la oculta ansiedad.
Y le miro al mentir:
supongo que vivir
es sólo como ir…
durmiendo y bebiendo…

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