las metrópolis tan solo son manchas,
moratones en la piel azul del mundo
salpicaduras de veneno sobre las semillas
hundidas entre los sueños de las alcantarillas soñadoras
brillando en los ojos de las ratas que en el fondo
quieren salvarnos.
la vida humana es lo más insignificante que ha venido a darse
y tal vez por eso tengamos tanta tendencia al chafardeo preguntón
por ser unos profundos desconocidos para el resto de la materia viva
e inerte, que nos observa pasmada de tanta tontería.
probablemente seamos la especie inferior por excelencia
y tal vez por eso nos hemos visto obligados a crear pinturas
conjuros, canciones de cuna y abrazos
como terapia a nuestro complejo de inferioridad ante la belleza del mundo.
la vida humana no existe para el tiempo
como una gota de nuestra sangre no puede existir en nuestro sueño:
todo es demasiado pequeño para existir en algo tan grande
y tal vez por eso empiezas a atravesar los límites de aquel tú
inamovible en tus sueños emergentes al fuego del espíritu ateo
ateo que se libera del ansia de los pobrecillos sentidos que, tanto mimamos,
que al final se han vuelto obesos por un mala dieta vital:
unos insoportables consentidos, pero nuestros amados peques al fin y al cabo.
una almohada y un espejo son distintos sólo cuando hablamos de un puñetazo y su dolor.
y un baile no es lo mismo que poner un pie por aquí y otro por ahí
ni es lo mismo que comprar un vídeo coreográfico y enseñar las fotografías con sus clichés.
ni liberarse es sólo fugarse de la prisión, no veas cuando se trata de evitar construir otra,
aunque las prisiones sean el más exitoso de los deseos.
ni soñar es lo mismo que pensar otra cosa,
vete tú a saber lo que es, vete tú a saber muy lejos…
las metrópolis son escenarios de un grupo de personas amateur
que tratan de parir un personaje disfrazado del más grande de los bufones: la verdad una.
igual que un día sabe cómo agrietar
al horizonte de emergencia
a la noche que se emperraba en ser eterna
a los sueños que justo empezaban a gatear en el otro mundo,
así los sonidos de la ciudad cantan la ruidosa flauta de Hamelín:
cláxones, motores, imágenes que insonorizan la música de tu hocico,
husmeando antes de que el día agriete ese horizonte de emergencia
husmeando mientras esa noche se emperre en ser eterna
rastreando las huellas de esos sueños que gatean (negros) hacia el mundo otro
para tantear el viaje que nos está prohibido.

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