Son apenas las diez de la noche, verano.
Y se supone que estoy en mi habitación.
He decidido aprovechar una ansiedad sin sentido
y despedirme temporalmente de mi nombre,
de mi cara, de mi patetismo.
Lo que me gustaría es saludar tu cuerpo,
estropearme alguna que otra sonrisa que ya suela estar estropeada,
estropear mis motores defectuosos que chirrían sobre el silencio,
dañar
mis almas inservibles que he almacenado demasiado tiempo,
igual que el bochorno
almacenándose demasiado tiempo en esta habitación,
ahora que he cerrado mi puerta en esta noche fría de invierno.
Tenía frío.

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