He tardado treinta minutos en escribir algo.
Solo tenía en la cabeza un globo medio desinflado.
Puse mi grabadora en marcha. Y mi cuenta atrás.
Hasta el minuto diez
no sabía nada. Solo silencios entrecortados.
Entonces, empecé a imaginar algo amargado y pesimista.
Comprimí las imágenes con mi voz.
Mi voz fría era una morgue congeladora para setenta palabras.
Las ahogaba, las mataba, las guardaba. Sin autopsia.
Al minuto veinte el resto empezó a salir.
Otras palabras. Otra historia.
Y después no he dejado de pensar
en todas las palabras que maté.
Yo, inmutable, frío y distante.
Al dormir, entre mis ojos cerrados y mis ojos abiertos,
volvió a mí la mejor parte de la grabación:
hasta el minuto diez. silencios entrecortados.
todo por hacer.

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