totalmente biográfico [cualquier otro habría hecho lo mismo]


Monto un pensamiento sobre otro
y me alzo por encima de mí y otro más
por encima del que se alzó.
Lanzo mensajes que me relatan
que me pintan
que me cantan incluso en los 15 minutos
que me imagino tocando las tres cuerdas de siempre.
Ahora anticipo la agradable sensación de los mismos arpegios
y ya no es un rosario nuevo y excitante
sino una fórmula predecible como la respiración
guardada en la chistera de la memoria
para casos de cuidados intensivos en mitad del soponcio
de la nada de la vida del todo.

Recito pensamientos privados de vergüenza ajena y
me pregunto por qué se puede sentir vergüenza ajena de algo
que no se dice y que apenas se piensa dentro.
La libertad del verso se me convierte en un conjunto de barras y por un momento decido romper el mismo esquema de siempre, a pesar de saber que no hay nada de original en ello. Lo único es que me he alzado por encima del que antes se ha alzado sobre mí. Pero tampoco es algo que resquebraja el monólogo. Y el silencio interior continuo.

Por cobardía, retomo el verso al vuelo
de un mosquito frente a la pantalla, azul, verde, negro, verde, azul,
y la botella parece más pequeña.

No sé qué hacer contigo y con ella.
No sé cómo amar. Perdí la costumbre o nunca aprendí.
Sólo me queda al mosquito dudando entre el queso y el vaso de vino
y se decide por el vino, lo pegajoso, el monólogo,
la dulce masturbación del enamorado.

Los sueños vienen aplastándose como clientes en las rebajas,
no están exentos de algo de crueldad primigenia,
ni yo tampoco, que soy la sombra detrás en las alturas
proyectando la película
para que yo solito en mi butaca
me imagine al resto del público en la oscuridad.

Y no paro de cambiar el rollo cinematográfico
a medida que en la fila seis y en la fila ocho
cambian los espectadores de mis sueños más frágiles.

Por una vez no decido cambiar lo que diré, lo que haré
cómo me desvestiré o cómo usaré el cuchillo de cortar el pan.

Dios, dame tu palabra para poder gritarte y parecer más grande
que la eternidad otra vez,
hasta que no aparezcas en ningún verso,
en ningún susurro que pretenda dobles intenciones.

Ya la vista se me va.
Y mis ojos mareantes pueden seguir el vuelo impredecible
del mosquito pero en mi estado…
¿qué más da matarlo o dejarlo vivir?
¿qué más da escribir o dejar de beber?

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