Las patas escarban un viejo baúl
entre raíces delgadas y pieles tersas.
El sol azul deja de volar y se asienta
tenue como una vela en la rendija de la puerta.
Dos árboles en el horizonte viven solos.
Y su mirada verde se espesa bajo el peso del cielo
y la distancia
desde mis manos.
La noche se queda quieta,
escurridiza entre las calles,
como un chorro de agua en la madriguera de las hormigas.
Una pequeña ola de agua salada recorre el mundo.
Una nube se muere mil veces
antes de que un campo de amapolas
marchite,
y una montaña se vuelve atea con los pasos
de un isard
temblando junto a la puerta trasera de mi corazón.
Las dudas se me abalanzan como las patas de un escarabajo autista.
Las arrugas de mis retrovisores cavan
las grutas resbaladizas y ciegas en mi cráneo,
y así me veo;
abro el viejo baúl pero sale hidrógeno nada más
y caigo durmiente
con medio ojo abierto
esperando aquel beso huérfano, hambriento y pícaro
del final de un ciclo en la vida,
entre raíces delgadas y pieles tersas.

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