Rocío (para Rocío García) [cualquier otro habría hecho lo mismo]


 Enterrados bajo los cojines del sofá de una portería
cuatro brazos de nueve años se buscan en la oscuridad
y quería tantos besos y tú te escabullías en la sombra...

Un viejo borracho en el paseo me dice
pídele un beso en la mejilla
y otro más cerca y otro más cerca
y yo pensé en el alma que aún no sentía.

Desaparecimos del mundo hasta la adolescencia
y nuestro dios privado nos volvió a unir
y las canciones de la iglesia eran amor, sexo
pero no el sexo de Dios, o tal vez ese fuera el impulso sexual divino.

Las luces eléctricas de la iglesia eran la niebla del prostíbulo,
el incienso era el olor de los labios abiertos.
Sólo pensaba en estar cerca de ti
así que pagaba con mi tiempo ladrando canciones de fe
cuando intentaba meterte mano sentados en el primer banco frente al altar:
sólo tú podías pararme
mientras sonaba el órgano de mi padre muerto.

En el sótano, tras la capilla, en un sillón,
nuestras bocas se moldeaban como el barro brillante.
Pasaba la gente mirando de reojo
mientras los tornillos de tabaco giraban la maquinaria del sexo.
Me ahogaba en tu pelo
me inyectaba tu olor y mis venas se talaban en el bosque del deseo,
nuestro placer volaba sin destino
y nuestros cuerpos se escondieron en la caja negra.

La explosión de tres o cuatro tardes
o dos o cinco, no lo sé,
quedó en manos del viento,
en los pies de la nada y en el pecho del todo.

Veinte años de abandono a la vida
separados
y tú te hiciste soldado y yo desertor,
tú en el ejército de tierra, y yo en la poesía.
Y en los amaneceres del rocío me he dormido
para verte
para atreverme a acariciarte
y cuando mis dedos temblando tocan una sola gota,
ésta se engancha a mi yema y desapareces…

Disparemos al unísono.
Disparemos al aire.
Matémonos otra tarde más
en la fe, en la locura, en el más allá.

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