Ese juego de muñeca en el flamenco
es la escritura automática de los pensamientos
el domingo.
El domingo las tiendas chapan
y quedan los explotados y los matados y los voluntarios.
El domingo las calles amanecen pegajosas de vómitos
y oscurecen con la llegada de los animales de la gasolina.
El domingo se canta en las iglesias y se sueña
con quemarlas.
Se montan banquetes personales,
se visitan museos y las habitaciones se convierten en museos.
El domingo la gente duerme.
El domingo la gente piensa en ir al cine pero no va
cuando miran la pasta en su cartera
y encuentran ahí una vieja fotografía
y mientras toman el café la fotografía vuelve a la vida
en la memoria y la memoria
la vuelve otra vez en blanco y negro
en superficie fantasmal y borrosa.
Los árboles y las montañas
siguen casi igual pero no del todo
el domingo.
El domingo se cuela a veces entre semana
y a veces los días laborales se cuelan en el domingo
porque en el séptimo día es también el primer día
y el tiempo muere.
La gente se agolpa en grandes maratones para cascarse las rodillas
y la gente si antes se arreglaban para la misa
ahora se arreglan con bambas y una camiseta sexy
y juntos comulgan y maltratan al cuerpo.
El domingo se producen masturbaciones de última hora
y de aburrimiento
y de juego
y de soledad
y masturbaciones en compañía de un ser querido.
El domingo el pasajero espera más en la estación
pero el reloj gotea bajo la luz de una lluvia lenta latiendo
sobre las vías y las ventanillas de los vagones y
las pantallas táctiles de las mejillas apetecibles.
La nueva exposición, el nuevo concierto de verano,
la nueva feria agroalimentaria, las rebajas
y las prostitutas que hacen turno triple.
El domingo es el día del artificio,
la alucinación de otra esfera gorda elíptica y espumosa
en el mundo de los despiertos
y el paciente espera a su psicólogo mirándose al espejo
y en las oficinas y en las escuelas los espacios terminan de perder
el olor del trabajo y rutina
y cogen el olor fresco de la nada.
El domingo ocurren siglos de espacio deshumanizado
y el musgo se apodera de los cráteres adormecidos
de los pasos de cebra despintados
de los bordillos de las aceras dentados por las pisadas mal hechas y los tropezones,
y el musgo de las yemas de los dedos dispuestos a acariciar una historia
enterrada en la noche profunda del sábado.
El domingo muere antes de que caiga el día
y queda terminal cuando solo quedan las huellas del sol
atravesando las ventanas cálidas de los nidos.
Y las cenas se vuelven más simples que nunca
y los hombres se doblan hacia dentro
hacia el vacío o la plenitud temerosa del mañana.
El domingo duerme en un sueño mientras el tiempo pasa
y se desvela en medio de la semana con un ojo abierto
cuando por casualidad nos encontramos
con un pedazo de algo fuera de lo corriente.
que suena bastante a hoy o ayer o mañana,
domingo, jueves, miércoles.

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