corto, estrecho y ácido [cualquier otro habría hecho lo mismo]


Litros de alcohol y agua sobre la bañera,

y un tajo abierto
que me hice al agarrar una hoja blanca:
quise escribirme.

Un zumo de limón sobre la cocina
y mi lengua amarga
por chupar el sello de la que iba a ser mi carta.

Pero ahora tengo una bañera para mis venas
y dos limones licuados para mi boca.

El vapor se hace más denso. Los espejos
de mi conciencia se borran. Mi cabeza
descansa como un hueso enterrado. Mis brazos
flotan en el agua como dos hojas secas. Y los papeles
de mi memoria se hacen finos, transparentes,
como la piel cuarteada en las olas que insuflé.

Las gotas caen entre mi pelo
tal cual los días futuros caen de esa vida que podría no ser.
Mi cuerpo cae partido y exprimido y hueco,
como los limones,
y así se hunde en la bañera, como si fuera el cubo de la basura
y yo,
los deshechos de una vieja sombra de mí en un bolsa cerrada.

Pura física.
Pura química.
Pura astronomía de los deseos no verbales.

Las burbujas emergen
como un puñado de estrellas
eclosionando en el vacío de esta noche.

Las burbujas emergen
como el vómito caliente
de un bebé ardiendo arrugado en llamas de fuego.

Las burbujas de mi aire
acorralado en el fondo
se enlairan como zepelines estropeados

hacia el sol
más cerca
más cerca
más cerca.

Y mi boca vuelve a abrirse
para soplar en la cama de mi pecho,
en las sábanas de mi esperanza convaleciente,
en la almohada de mi autoestima lesionada,
en las mantas que precalientan
una breve frase para perdonarme a mí mismo.

Mis ojos vuelven a sentirse vivos
por el fuerte dolor de abrirse
bajo el agua
otra vez
de un golpe.

Y veo que el vapor hubiera seguido ahí,
y se habría marchado, como todo, todo, todo.

Algunas gotas caen del techo:
las últimas gotas de una lluvia
que se ha ido. El vapor se termina
colando por la rendija
de la puerta y se lleva entre su densidad
los últimos restos del lado oscuro de mi deseo,
los últimos restos de mi carne de gallina
y sus temblores,
y los restos últimos de mi vieja sombra,
ahora estrecha, delgada, casi imperceptible,
bajo un sol naciente en la otra punta del mundo.

Es ahí donde dicen que voy.
Es de ahí de donde dicen que vengo.
Es ahí donde dicen que se muere y se sigue
viviendo,
volando, nadando, arrastrando, excavando,
mordiendo, zumbando, hundiendo, lamiendo,
asiendo el alimento con las piernas,
colgándome de las nubes de las montañas,
colgándome de los rayos de los faros de las calles,
colgándome de los sonidos de las ilusiones que corren
como las hélices de mi hermano buitre,
en la otra punta
del mundo, de la cama, de la bañera, de la cocina,
con un vaso de dos limones casi perfectos
esperando a ser bebidos por mi garganta (un tanto suicida).

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