no sé si nuestro pecado había sido existir
pero necesitábamos correr y terminamos en una ópera dónde los cantantes
poco a poco
iban desconcentrándose del escenario porque los servicios de seguridad
nos iban acorralando.
una mujer rubia me cogió por las mejillas pero sus ojos eran de peluche
y sus labios de trapo.
cogí su cuerpo de maniquí y lo lancé contra la ventana.
efectivamente, su sangre era espuma blanda y amarillenta.
la ventana se partió en millones de latidos consumidos.
yo salté, no sé los demás, y me fui a otro edificio que había enfrente
cuyas columnas eran costillas peladas y los sofás eran hígados
y las cortinas estaban llenas de alveolos ondeando con una corriente de aire
que iba y venía,
todas las salas estaban muy pero que muy vacías.
se escuchaba una lluvia torrencial
y subí el ático. era de noche. el sonido de la lluvia era ensordecedor
pero no había lluvia. ni una sola gota de agua
y yo tenía sed.
en el ático, había un taxi con las luces apagadas y una puerta abierta.
el taxi me diluyó entre la masa y
me llevó hasta ese viejo barrio que siempre soñaba me llevó por la única entrada: un pasaje angosto llamado contra-
dicción,
lleno de esquinas y maleantes en las esquinas,
marginados gritando a los automarginados,
lisiados de sangre seca con las vendas viejas y rotas y
prostitutas con problemas de vocalización.
lo que daba miedo era la calidad de los servicios eléctricos en la oscuridad.
me bajé y fui a ese viejo restaurante que soñaba tantas veces.
ese restaurante con tres escalones en la entrada, una vieja puerta de cristal y madera
con una barra metálica en diagonal para empujarla
y cuatro mesas con manteles verdes y copas de vino encima.
me pedí una copa de vino para volver a nacer.
y aquí estoy, esperando una vida.

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