No cabe la vida
de las acelgas en los nervios.
No resbala la muerte
de los dedos en el corazón.
No sedimenta el amor
de los deltas en los pantanos secretos.
No brilla la soledad
de la noche allá más sobre el cielo más allá.
No se revela la ansiedad
de los pájaros de Hitchcock en las olas negras de los sueños.
No flota el remorderse uno
de las llamas en los latidos arrítmicos.
Y no aparece la fragilidad
de las encinas en los finos troncos doblados
por el viento del otoño
sin testigos
sin conciencia de tiempo
sin monstruo al que mirar en el espejo
sin espejo en el que hundirse
sin necesidad de alimentarse del sentido
del humor.

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