el agua es miel dura, cielo gas, estornudos provocados,
largos muros derruidos,
mientras yo no tengo ni piel, ni
zapatillas, ni lengua, ni gafas, ni los labios, labios, ni tan solo, aquellos dos, los dos.
se demuestra desde distintos nidos de estricta
intuición que mi alma
no puede encerrarse bajo un alto
porcentaje de dos moléculas de oxígeno por una de hidrógeno,
aunque sí puede encerrarse cuando
hay un desierto que jamás termina de darte calor en las noches que se convierten en el universo
mismo
entero, negro, uno, tú.
se derrumba mi pecho sobre la pica
y mis piernas tiemblan como si tuvieran la fiebre de lo inimaginable que derrapa en el cerebro,
la fiebre seca del correr y de beber las huellas al mismo tiempo y escuchar la pintura fuera del
lienzo
al mismo tiempo y cantar a gritos sin vestuario al mismo tiempo
y penetrar mi saliva los agujeros del tiempo mismo.
el agua se acumula en la presa de mi estómago
arrastrándose la muy clara, entre mi oscuridad entera, negra, una, yo,
ojo mío, fuera en mitad del grifo,
ojo mío, que me lo dice todo
ojo mío, que observa el baile del agua sobre mi boca
antes de tragarse y desaparecer en el anhelo más realista que recuerdo
en la milésima número 7 de un segundo que permanece y permanece y permanece
y finalmente
permanece.

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